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Blog de Carlos Goga

El banquero que se hizo ladrón

23/05/2012 | | crisis | No hay comentarios

[Este texto es un borrador del capítulo dedicado a la banca del libro LO QUE ARISTÓTELES AÚN NOS PUEDE ENSEÑAR, en fase de escritura  y corrección]

La segunda gran institución que sustenta el sistema actual, y la oclocracia en particular, es la banca. Entendiendo por banca todo el conjunto de instituciones financieras a las que estamos acostumbrados. En el sentido más amplio posible.

La función social de la banca, aunque olvidada, es bien conocida. La banca debería, en primer término, custodiar y salvaguardar los ahorros de la población. De manera individual o colectiva. Para, en segundo término, canalizarlos hacia actividades de inversión en la economía real. Actividad que se materializa a través de la concesión de préstamos. Préstamos que pueden serlo a las familias, caso de la vivienda. O a las empresas, caso de una nueva actividad.

De su función social, la banca construyó un negocio fácil de entender: la intermediación sobre el dinero. Retribuyendo los depósitos a un tipo de interés bajo. Cobrando los préstamos a un tipo de interés alto. Y lucrándose, obteniendo beneficios por la diferencia. Desde un interés directo y cierto en custodiar los depósitos. Para transmitir seguridad y captar dinero. Desde un interés directo y cierto en ofrecer préstamos a familias o empresas solventes. Para minimizar el riesgo de impago y facilitar el recobro.

Pero es importante entender que la intermediación tradicional de la banca lo fue entre ahorro e inversión. Y su negocio fue precisamente el de la gestión del riesgo en el ahorro y la gestión del riesgo en la inversión. Gestión del riesgo, al fin y al cabo. En otras palabras, lo importante era la calidad.

Sin embargo, en los últimos años la banca se ha alejado sustancialmente de esta función social y de sus orígenes. Ha evolucionado. Y ha construido un negocio parecido que, aunque similar en palabras, resulta muy distinto en sustancia.

Hoy en día, la banca centra su actividad en la intermediación entre cobros y pagos. Ya no sobre ahorro e inversión. Este cambio es importante. Ahora principalmente sobre cobros y pagos. Ya no se trata de canalizar ahorro hacia inversión. Ahora se trata de facilitar cobros y pagos. Y claro, lucrarse con una pequeña comisión por cada cobro y pago que gestionan.

La trascendencia de este cambio de negocio es importantísima. Sus implicaciones son tantas y tan importantes que merece la pena centrarse en las principales y hacer un esfuerzo para entenderlas. Porque de ese entendimiento se derivan muchas consecuencias indeseadas que debemos corregir. Este cambio de negocio es central para entender la crisis financiera e inmobiliaria y bancaria que estamos sufriendo.

Antes, un buen banco era aquel que cuidaba de los depósitos y analizaba a conciencia las solicitudes de inversión y de préstamo. De ello dependía su negocio. Sin más. Se centraba en la calidad de las operaciones.

Pero con el nuevo modelo, un «buen» banco es aquel que intermedia en muchísimas operaciones de cobro y de pago. Y cuantas más operaciones y más movimiento de dinero, más oportunidades de intermediar y más comisiones que recoger. Y claro, al centrarse en la intermediación de cobros y pagos y ver como sus cuentas de resultados se hinchaban de comisiones, descuidaron hasta niveles indignos su función más tradicional. Su función social. Y se alejaron de la economía real. Primando la cantidad de operaciones sobre la calidad de las operaciones.

Ejemplos de esta evolución del modelo bancario los hemos visto y los seguimos viendo todos los días. Primero, captaron depósitos de manera indiscriminada, utilizando fórmulas variopintas. Para acto seguido, embarcarse en inversiones opacas y artificiosas. Al mismo tiempo, concedieron préstamos descontroladamente, sin evaluar el riesgo de recobro cierto. Por último, se inventaron comisiones por operaciones a un ritmo vertiginoso, buscando el movimiento por el movimiento. Y encareciendo sin pudor alguno la simple tenencia de dinero.

En este punto, considero conveniente poner la atención sobre algunos aspectos que resultan críticos.

Por un lado, la naturaleza de esas inversiones opacas y artificiosas. Porque se trata de operaciones de inversión con altos riesgos financieros y muy alejadas de la economía real. Operaciones que, todo se diga, la mayoría de los profesionales de la banca no entienden. Bien por complejas, bien porque les resulta más cómodo vivir en la ignorancia. Muchas, cada vez más, con clientes que son otros bancos o entidades financieras. A veces, bien lejos de su mercado natural. De lo que realmente entienden y conocen. Llegando incluso a realizar operaciones con los mal llamados productos financieros derivados. Mal llamados porque tienen más de juegos de azar que de productos financieros. Alimentando, en un círculo vicioso sin fin, otras inversiones opacas y artificiosas, con riesgos financieros (o de azar) aún mayores y más alejadas, si cabe, de la economía real. Creando, por el camino, una nueva economía que de nada sirve a la sociedad y que  fácilmente reconocemos por el nombre de economía financiera o mercado financiero global. Y de este sin sentido, heredamos la crisis financiera global.

O simplificando todo lo anterior, la banca captó depósitos de clientes y se puso a jugar a una lotería cuyas reglas desconocía, ausente de su irresponsabilidad, bajo el pretexto fácil de estar ganando dinero con la compraventa de las papeletas. Omitiendo lo más básico. Que su función social es custodiar depósitos. Ahorros. Y canalizarlos hacia la economía real. Inversión. La banca se equivocó.

Por otro lado, está esa concesión de préstamos descontrolada. Descontrolada porque la banca se mostró indiferente a si se podrían recuperar alguna vez. Sabedores de que muchos, la mayoría de esos préstamos, acababan en empresas inmobiliarias que construían pisos y pisos cada vez más pequeños y más caros para una población cada vez más inestable y empobrecida. Y facilitando la refinanciación con hipotecas cada vez más a largo plazo. Pasando de 15 a 20 a 30 e incluso a 40 años. De más cuantía. Pasando del 60% al 80% al 100% e incluso al 110% del precio del piso. Absorbiendo cada vez más renta disponible de las parejas y familias. De casi un sueldo a un sueldo a casi los dos sueldos. Cuando de todos es sabido que el cliente tipo de la vivienda es, por definición, la pareja o la familia. Y que hoy en día hay más separaciones que matrimonios. Y que la duración media de un matrimonio no alcanza los 10 años. Pero daba igual. A la banca le daba igual. Porque estaba ansiosa de realizar operaciones y generar comisiones. Porque lo importante era la cantidad. Muchos préstamos, muchos. Cuantos más mejor. Ese fue el objetivo. Lo prescindible era la calidad. Y se equivocaron nuevamente. Dejando por el camino la crisis inmobiliaria actual.

(…)

Por último, está el cobro indiscriminado de comisiones por operaciones. Comisión por ingresar dinero. Comisión por sacar dinero. Comisión por abrir una cuenta. Comisión por tener una cuenta. Comisión por cerrar una cuenta. Comisión por pagar. Comisión por cobrar. Comisiones nuevas todas ellas sobre servicios básicos que eran gratuitos hace tan solo diez años. Comisiones, precisamente, en un momento en el que la mayor parte del dinero de la sociedad es electrónico. Encareciendo la simple tenencia de dinero. De manera sorprendente y descarada. Llegando a representar un impuesto privado por la simple tenencia de dinero que nos toca asumir, desde la indignación, a toda la población.

Y claro, ahora nos resulta fácil entender que también exista una crisis bancaria. Qué sino esperar de una institución que ha abandonado su función social y se ha olvidado de la economía real. Que ha obviado el gestionar riesgos. Que se ha entregado abiertamente a los juegos de azar y a la concesión indiscriminada de préstamos. Que ha creado un monstruo que es el mercado financiero global que se come todo lo que le des. Que ha hecho de la recaudación de comisiones sobre la simple tenencia de dinero su principal fuente de ingresos. Pues sólo cabe esperar que esté en crisis. Crisis de identidad. Crisis de función social. Crisis de sostenibilidad económica. Crisis bancaria, al fin y al cabo.

Pero lo malo no es que la banca esté en crisis. Lo malo es que las causas de su crisis siguen ahí, intactas. Y que se niega a reconocerlas como propias. Y que pide, o mejor, que exige con vanidad y soberbia la ayuda incondicional de todos. Y que aprovecha la ayuda recibida no para solucionar sus problemas, sino para enriquecerse descaradamente mientras empobrece a la sociedad. Resultando que con su crisis y su exigencia de ayudas nos ha arrastrado a toda la sociedad a una crisis económica general de la que nos costará salir. Mucho. Especialmente en España.

Porque, recordémoslo, la banca tiene muchas caras. A veces, se pone la careta de víctima de una injusticia de la que se considera ajena y exige ayuda y compensación. A veces, se esconden tras la apariencia de custodios de ahorros para solicitar el cobro de la deuda pública que se ha generado, precisamente, por la crisis económica general en la que nos han metido. A veces, se pone la careta de mercado financiero para imponer medidas a los gobiernos, medidas a las que llaman rescate, que sólo son recetas para recuperar sus préstamos. A veces, se pone la careta de especuladores para esconder las artimañas con las que se benefician del empobrecimiento ajeno. Y a veces se ponen la careta de gran empresa para reclamar su derecho a decidir libremente y a reestructurar su actividad. Con indiferencia y desprecio de clientes, empleados y pequeños accionistas.

Llegado este punto, conviene dedicar unas líneas a las dos principales caretas de la banca. Porque de lo que encontremos, casi con seguridad, saldrán comportamientos insanos y problemas a solucionar.

Por un lado, tenemos la banca víctima. La que solicita ayuda y la recibe. Ayudas, si. Y cuantas. Primero en forma de garantías del estado que a su vez disfruta de la garantía de la recaudación de impuestos. Luego, en forma de préstamos directos del contribuyente. Por último, en forma de préstamos a través de los bancos centrales que también resulta ser dinero del contribuyente. Si, ayudas. Muchas.

Ayuda que bien querríamos cualquier miembro de la sociedad. Para evitar perder la vivienda. O para mantener la actividad de la empresa. O para acceder a otra vivienda más pequeña y asequible. O para reducir la estructura de la empresa a otra más pequeña y gestionable.  Sabedores de que una buena garantía es equivalente a dinero contante y sonante. O de que los préstamos son el único camino para la inversión en la economía real.

Y qué hace la banca con las multimillonarias ayudas que recibe, nos preguntamos todos. Pues alimentar la economía financiera global, ese monstruo que todo se lo come. Tapar agujeros que solo se explican por una mala gestión. Mantener escondidos en sus balances los cientos de miles de pisos que han embargado a pequeñas empresas y familias. Refinanciar a las grandes empresas. Financiar a los Gobiernos y a las Administraciones Públicas. Vamos, todo lo posible para mantenerse a flote y disfrazar sus cuentas. Tanto las disfrazan que se creen su propia mentira y sus directivos se pagan bonus exorbitantes por objetivos cumplidos. O lo que es lo mismo, todo excepto lo que deberían hacer. Recuperar su función social, asumir el coste de la resolución de sus problemas y acercarse de nuevo a la economía real.

Y qué compensaciones exige la banca, sería la siguiente pregunta. Pues sígueme pagando comisiones, escuchamos. Sí, yo me las invento y yo me las cobro. No, no puedes reclamar. Si, por la simple tenencia de dinero. Pues quedarme con todo como me impagues. Si me debes 5, me quedo con 10 y aún así me sigues debiendo. Tu fíate de mí, nos dicen. Yo hago las matemáticas. Si, esto es lo que hacen. Lo hacen con las comisiones. Lo hacen con los préstamos hipotecarios. Lo hacen con cualquier préstamo con garantía personal. Da igual si eres familia o pequeña empresa. Y nos exigen que paguemos con lo que tengamos hoy y con todo lo que tengamos mañana. Indiscriminadamente. Utilizando unas falsas matemáticas en las que siempre ganan. Haciendo de esas falsas matemáticas el arma del robo perfecto. Porque, queramos verlo o no, la banca se acaba de convertir en el ladrón. Por contradictoria que parezca.

Por otro, tenemos la banca mercado. La que se aprovecha de un falso anonimato para especular y cambia las reglas del juego a mitad de partida y ganar más. La que impone medidas económicas a los Gobiernos bajo la amenaza de rescate. La que extiende la mano para exigir, ya no a familias y pequeñas empresas, sino a Gobiernos y contribuyentes, devuélveme los préstamos que te di. Empobrécete. Lo único importante es que yo, la banca, siga ganando. Aunque tus deudas lo sean porque me ayudaste y me diste tu dinero. Aunque tus deudas lo sean porque hice mal mi trabajo y olvidé mi función social y me alejé de la economía real y te arrastré a la parálisis económica. Aunque no tengas qué comer ni donde dormir. Lo único que importa, grita la banca mercado, es que la banca siempre gana.

Llegado a este punto, la pregunta resulta tan necesaria como urgente. ¿Qué hacer para modificar el comportamiento tan anti social como obsceno y ladrón de la Banca? ¿Cómo cambiar la institución sobre la que se sustenta la economía actual para que evolucione y se convierta en lo que debería ser, uno de los pilares clave de la economía real y de la democracia? ¿Cómo expulsar del actual sistema a los banqueros corruptos, a los que viven anclados en aquel repugnante lema de la banca siempre gana, y dar la bienvenida a banqueros con verdadera vocación de servicio?

Sin dudarlo, hay que revisar y cambiar todo el marco legal que define y regula el funcionamiento de la banca como institución, tanto a nivel interno, como del sistema financiero en su conjunto, a nivel de participación institucional. Y con esto me refiero a todas y cada una de las Leyes y Reglamentos que determinen o condicionen cualquier aspecto de su funcionamiento.

(…)

Pero si de identificar medidas concretas se trata, a continuación enuncio algunas propuestas más específicas que persiguen corregir el mal funcionamiento recogido.

(…)

[Este texto es un borrador del capítulo dedicado a la banca del libro LO QUE ARISTÓTELES AÚN NOS PUEDE ENSEÑAR, en fase de escritura  y corrección. Si quieres ver algunas de las sugerencias que tengo para la banca, haz clic aquí y céntrate en GRAN EMPRESA y BANCA]

Etiquetas: 15-M, bancos, crisis, indignado, LoQueAristotelesAun..., mentiras, oclocracia, políticos

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