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Blog de Carlos Goga

Devolver la inteligencia al lugar que le corresponde

04/08/2026 | | cambio, IA | No hay comentarios

Los dos artículos anteriores fueron necesarios. En el primero describí el choque entre dos formas de entender la democracia, el capitalismo y el futuro. En el segundo mostré que ese choque era, en realidad, una disputa familiar: dos ramas del mismo árbol, dos formas de responder a la misma pregunta: ¿quién piensa mejor?

Pero al terminar de escribirlos tuve la sensación de que ambos dejaban una cuestión importante sin explorar.

No porque las conclusiones fueran erróneas, sino porque seguían girando alrededor del mismo eje que intentaban cuestionar. Continuaban hablando de inteligencia: de quién la posee, de cómo se organiza, de quién debe ejercerla. Y, sin darme cuenta, yo mismo seguía atrapado en ese marco.

Entonces apareció una pregunta mucho más sencilla: ¿qué lugar debe ocupar la inteligencia dentro de una vida humana?

No me refiero a cuánta inteligencia necesitamos. Tampoco a cómo desarrollarla o cómo regularla. Me refiero a algo anterior. A la función que cumple. Al lugar que ocupa dentro del conjunto. Y cuanto más tiempo paso con esa pregunta, más me convenzo de que quizá ahí se encuentre el verdadero cambio de paradigma.

La inteligencia como fundamento

Durante siglos hemos asociado inteligencia y legitimidad. Quien comprende mejor la realidad parece estar en mejores condiciones para tomar decisiones sobre ella. Esa intuición ha atravesado buena parte de nuestra historia política, científica y económica. No siempre de la misma manera, pero con una enorme continuidad.

Gracias a ella hemos construido universidades, sistemas de investigación, administraciones públicas, empresas y tecnologías extraordinarias. No sería justo negar todo lo que ese camino nos ha permitido alcanzar.

Sin embargo, la aparición de la inteligencia artificial introduce una dificultad inesperada. Si aceptamos que la inteligencia es el criterio último, ¿qué ocurre cuando empezamos a convivir con sistemas que superan nuestras capacidades en un número creciente de tareas?

Podemos responder que todavía les falta conciencia, creatividad o sentido común. Y probablemente sea cierto. Pero sospecho que ninguna de estas respuestas toca el núcleo del reto que tenemos delante. Porque el verdadero problema quizá no sea que aparezca una inteligencia mayor que la nuestra. Quizá sea haber convertido la inteligencia en el fundamento de aquello que somos.

El lugar de los instrumentos

Mientras daba vueltas a esta idea apareció una frase que no he conseguido quitarme de la cabeza.

El fundamento no puede ser un instrumento.

Al principio me pareció una ocurrencia. Poética incluso. Después empecé a sospechar que contenía algo más.

La inteligencia es una capacidad extraordinaria. Nos permite comprender, anticipar, imaginar, resolver problemas y crear posibilidades que antes no existían. Pero precisamente por eso resulta tentador pedirle más de lo que puede ofrecer. Toda herramienta amplía nuestras posibilidades de actuar, pero ninguna herramienta puede decirnos para qué merece la pena actuar.

Un telescopio permite observar galaxias lejanas pero no decide cuáles merece la pena estudiar. Un bisturí permite salvar una vida pero no decide cuándo debe utilizarse. La inteligencia funciona de una manera parecida: amplía nuestra capacidad para comprender y actuar, pero no puede determinar por sí sola el sentido de aquello que comprendemos ni el propósito de nuestras acciones.

Cuando olvidamos esa diferencia, cuando olvidamos lo importante de la intención, del propósito y del sentido de nuestras acciones, entonces empezamos a pedirle a la inteligencia respuestas que nunca estuvieron dentro de su alcance.

Una pregunta distinta

Creo que una de las razones por las que la llegada de la inteligencia artificial resulta tan desconcertante es porque nos obliga a revisar una convicción que llevábamos siglos dando por supuesta. Si la inteligencia no puede ocupar el lugar del fundamento, entonces debemos preguntarnos qué sí puede ocuparlo.

No tengo todavía una respuesta. Y no la quiero aún.

Creo que sería un error apresurarla. Las preguntas verdaderamente importantes necesitan tiempo para encontrar las palabras adecuadas. Lo único que sé afirmar con cierta tranquilidad es que la inteligencia cambiará completamente de significado cuando deja de ser un fin y vuelve a convertirse en un medio.

En ese momento dejamos de preguntarnos únicamente qué es posible y empezamos a preguntarnos para qué merece la pena hacerlo. Y esa diferencia cambia mucho más que nuestra relación con la inteligencia artificial. Cambia nuestra manera de relacionarnos los unos con los otros y entender la educación, la empresa, la política, la economía e incluso el progreso.

El lugar que le corresponde

Quizá la inteligencia nunca estuvo llamada a decirnos cómo vivir. Quizá sólo estaba llamada a ayudarnos a vivir mejor aquello que previamente habíamos reconocido como valioso. Si esto fuera cierto, la cuestión decisiva de nuestro tiempo dejaría de ser cómo construir una inteligencia cada vez mayor y pasaría a ser otra: ¿qué merece, verdaderamente, ocupar el lugar del fundamento?

No tengo una respuesta. Pero empiezo a sospechar que esta pregunta lleva conmigo mucho tiempo y llevo bailando con ella hace algunos años.

Etiquetas: cambio, innovación, oportunidad, tecnología

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