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Blog de Carlos Goga

Buscando la AGI, encontrando otra cosa

05/09/2026 | | cambio, crisis, emprender, IA, nuevas tecnologías | No hay comentarios

Al cerrar mi anterior publicación sobre Spice, de Roger Crowley, dejé abierta una siguiente reflexión que me rondaba la cabeza, sobre esa “otra carrera” que estamos viviendo ahora mismo. Llevo días jugando con ella, casi como un rompecabezas, intentando encajar quinientos años de distancia en el mismo tablero. Y cuanto más tiro del hilo, más piezas encuentro que encajan con una precisión que a ratos resulta incómoda.

Vayamos al grano. Esto es lo que he escrito rápido, dos columnas enfrentadas, en un papel viejo:

Entonces (1492-1571) Ahora (2023-)
14922023
España vs. PortugalOpenAI vs. Anthropic
La carrera (por la ruta) de las especiasLa carrera hacia la AGI
Colón / Vasco da GamaSam Altman / Dario Amodei
La línea de TordesillasLos benchmarks de inteligencia (la definición de AGI)
Los galeones y mercantesLos datacenters
Las expedicionesLas distintas versiones y modelos de IA
El tornaviajeEl problema de la alineación
Los intermediarios árabe-venecianosEl software y los oficios de capa media
La imprentaarXiv, el open source
Isabel la Católica financiando el sueñoEl capital riesgo y los estados financiando la apuesta
La dinastía MingChina
El Papa Alejandro VI arbitrando TordesillasLa UE y su AI Act
El tráfico de esclavos en el AtlánticoEl etiquetado de datos en Kenia, Filipinas, Venezuela

Sé lo que estarás pensando, porque es lo primero que pensé yo: toda analogía cojea en algún punto, y forzar demasiado el paralelismo es el pecado favorito de cualquiera que ha leído un libro de historia y quiere que le sirva de espejo para todo lo demás.

Pero precisamente por eso vale la pena el ejercicio: no para demostrar que la historia se repite con precisión de relojero, sino para usarla como linterna. Cuando algo tan nuevo como la IA nos desborda, mirar hacia atrás quinientos años y encontrar una estructura casi idéntica (dos potencias rivales, una carrera declarada, un objetivo que probablemente no será donde esté el verdadero premio) nos da un lenguaje prestado para nombrar lo que todavía no sabemos nombrar del todo con nuestras propias palabras.

El «gran plan» que probablemente tampoco se cumplirá como se piensa

Empecemos por 1492, que es donde arrancó todo. El «gran plan» ibérico tenía un nombre concreto y una promesa igual de concreta: abrir una ruta directa a las especias, desintermediando al otro arabe-veneciano que se quedaba con el margen. Hoy, el «gran plan» tiene otro nombre y otra promesa, formulada con el mismo aplomo: alcanzar la AGI, superando la inteligencia humana agrupada y colectiva.

Lo que me llama la atención de ambos «grandes planes» es que ninguno de los dos es, en realidad, un objetivo cuantitativo. No dicen «queremos ganar tantos ducados» ni «queremos multiplicar por diez el PIB», dicen algo mucho más resbaladizo: «desintermediar» y «superar». Son objetivos cualitativos que prometen abiertamente mucho (un mundo distinto, una riqueza distinta, un orden distinto) sin que nadie pueda decir con precisión cuánto es «mucho». Nadie en Sevilla en 1492 podía poner una cifra al valor de «controlar el origen de las especias», igual que hoy nadie, ni siquiera quienes más la persiguen con sus mega apuestas bursátiles, puede poner una cifra fiable a lo que significaría «alcanzar la AGI». Y esa misma imprecisión, lejos de ser un problema, es lo que permite que el sueño se sostenga: un objetivo que no se puede medir tampoco se puede refutar del todo, y por eso resiste generaciones de fracasos sin que nadie declare oficialmente que el proyecto ha fallado.

Y sin embargo, la historia nos enseñó algo, es que el «gran plan» casi nunca es el lugar donde ocurre lo verdaderamente importante. El comercio de especias, recordemos, nunca dejó de ser un negocio relativamente acotado. Lo que cambió el mundo para siempre fue lo que apareció por el camino, sin que nadie lo hubiera puesto en el plan original: un continente entero, y una ruta de plata entre dos puntos del planeta que nadie había pensado conectar.

Sospecho, con la misma certeza incómoda con la que lo sospeché al cerrar el libro, que con la IA nos está pasando algo parecido. La AGI puede que llegue, puede que no, puede que llegue y no se parezca en nada a lo que hoy imaginamos cuando pronunciamos esas tres letras. Y mientras tanto, empiezo a intuir que ya hemos tropezado, sin buscarlo, con algún «continente» que ni siquiera figuraba en el mapa original. No tengo claro todavía cuál de los candidatos es el bueno, y quizás no sea solo uno. Podría ser la conversación misma como interfaz de inteligencia, ese hábito nuevo de discutir, pensar en voz alta y trabajar codo a codo con algo que no es humano pero que ya tampoco es una simple herramienta. Podría ser, en cambio, la sustitución silenciosa de trabajo entero, con toda la incomodidad que eso trae. O podría ser algo más difuso todavía: una aceleración generalizada de los ciclos (los de la ciencia, los de la creación, los de la simple productividad diaria) que no sabremos nombrar del todo hasta dentro de unos años. Dejo la pregunta abierta a propósito; más adelante, cuando juguemos a las preguntas y respuestas, volveré sobre ella con más calma.

Lo que sí me atrevo a decir ya es esto: el comercio de especias nunca dejó de ser, en sí mismo, un negocio relativamente acotado. Y sospecho que a la AGI, tal como se la anuncia hoy, le puede pasar lo mismo, que se quede como la excusa que abrió la carrera, mientras el verdadero legado se cocina en otro sitio, uno que aún no sabemos señalar con el dedo.

¿Estamos ya en nuestro 1492, o empezamos a rozar el 1571?

Si aceptamos, aunque sea de forma provisional, que ya hemos tropezado con algún continente inesperado (llámese conversación, sustitución de trabajo, o aceleración de ciclos), la siguiente pregunta se impone casi sola: ¿en qué punto exacto de aquel viaje de 79 años estamos ahora mismo?

En el post anterior dejé una distinción que me sigue pareciendo útil: 1492 es el momento de lo inesperado, la vida que se abre camino sin haber sido pedida. 1571 es el momento de lo planeado, la vida que se alcanza no por accidente, sino por pura insistencia sostenida durante generaciones. Nuestro 1492 ya lo tenemos, y le pusimos fecha sin necesidad de debatirlo demasiado: es 2023, el año en que el gran público se topó de bruces con ChatGPT y con un producto que nadie había cartografiado del todo.

Y aquí conviene detenerse un momento, porque el paralelismo pide una pregunta muy concreta: ¿fueron los propios modelos de lenguaje nuestro particular «hallazgo de América»? La investigación en IA, durante décadas, perseguía objetivos mucho más modestos y acotados (visión artificial, traducción, juegos de mesa), del mismo modo que Colón perseguía una ruta comercial muy concreta. Lo que apareció, en cambio, desbordó por completo esa intención original: un sistema capaz de conversar, razonar en voz alta y acompañarte en tareas que nadie había puesto en el diseño inicial. Si esto es así, entonces ya hemos vivido nuestro 1492, y lo que nos queda por delante es el tramo largo, el de la insistencia sostenida, el que en la historia de Crowley separa el hallazgo accidental de Colón del «Manila» definitivo de Legazpi.

Lo que no tenemos, ni creo que debamos fingir que tenemos, es un 1571 con fecha propia. Y sin embargo veo a mucha gente jugando a ese ejercicio (poniendo año, incluso trimestre, al momento en que «todo encajará»), como si aquel punto de confluencia fuese algo calculable de antemano, casi una fecha de entrega de proyecto. La historia, en este caso, enseña más bien lo contrario. El 1571 real no llegó porque nadie lo planificara como sistema: llegó porque varias situaciones que llevaban décadas madurando por separado (Legazpi persiguiendo el tornaviaje, los portugueses tanteando puertos en Japón, la corona Ming necesitando plata para su reforma fiscal) se cruzaron en el mismo calendario, sin que ninguno de sus protagonistas estuviera esperando al otro. Fue una coincidencia de intenciones independientes, no una meta marcada en rojo en ningún plan quinquenal.

Nuestra propia versión de esa convergencia no diseñada tiene, de momento, cuatro piezas sueltas que avanzan cada una por su cuenta, sin que nadie las esté orquestando como sistema: el cómputo, la energía, la regulación y la adopción social. El cómputo, porque el coste marginal de cada respuesta que generan estos modelos sigue cayendo, pero todavía no lo suficiente como para dejar de ser una restricción real. La energía, porque la factura eléctrica de sostener tanto centro de datos está resucitando conversaciones (la nuclear, entre ellas) que hace una década parecían zanjadas. La regulación, porque cada bloque geopolítico avanza con su propio marco, sin coordinarse con los demás, del mismo modo que España y Portugal negociaban Tordesillas sin que nadie más en la mesa entendiera del todo el territorio que se repartía. Y la adopción social, porque la gente y las empresas ya usan estos sistemas a diario, aunque muchas veces lo haga, como escribí en otro post, «con la boca pequeña», sin terminar de reconocerlo en voz alta.

Cuando estas cuatro piezas terminen de encajar (cuando el cómputo deje de ser cuello de botella, la energía deje de ser excusa, y algún marco regulatorio pragmático se convierta, casi por desgaste, en el estándar que los demás terminan copiando) tendremos nuestro 1571. Y sospecho que tampoco será un año concreto, sino una ventana bastante más corta que aquellos setenta y nueve, quizás de dieciocho a treinta y seis meses, en algún punto de la década de 2030, si el ritmo actual (el que comprime en semanas lo que antes tomaba generaciones enteras) se mantiene.

Lo curioso, y lo que me deja más inquieto al escribirlo, es que en 1571 nadie sabía que estaba viviendo el año bisagra. Se dieron cuenta generaciones después, con la ventaja de mirar hacia atrás y unir los puntos que en su momento parecían inconexos. Quizás la pregunta más honesta que me puedo hacer, y que te dejo a ti también, no es «¿cuándo llegará nuestro 1571?», sino algo más incómodo todavía: si ya lo estamos viviendo ahora mismo, sin darnos cuenta, exactamente igual que le pasó a Legazpi, a Ōmura Sumitada y a cualquier funcionario Ming que en 1571 solo estaba, sencillamente, haciendo su trabajo.

Legazpi, o quién cerrará el círculo sin necesitar el titular

Todos los nombres que hoy dominan el relato de la IA se parecen mucho más a Colón y a Magallanes que a Legazpi o a Vaz de Veiga. Necesitan que la historia registre su nombre en el momento exacto del hito, y el propio ecosistema que los rodea (los inversores, los medios, el capital especulativo) premia ese protagonismo casi por diseño. Sam Altman anuncia cada lanzamiento como un acontecimiento casi civilizacional. Dario Amodei escribe ensayos enteros imaginando máquinas más inteligentes que todos los premios Nobel juntos, trabajando a la vez. Elon Musk lleva ya varios años prometiendo la superinteligencia «para el año que viene», y cada año que viene la promesa simplemente se renueva. Son, en el mejor sentido del término, los Colones y los Magallanes de esta carrera: imprescindibles para que el proyecto arranque, y sin embargo, si la historia de las especias enseña algo, probablemente no serán quienes lo cierren.

Porque quien cierra el círculo, casi nunca es quien más ruido hizo abriéndolo. Legazpi no tenía la genialidad exploratoria de Magallanes, ni el carisma casi mesiánico de Colón. Tenía otra cosa, mucho menos vistosa: la paciencia administrativa de heredar años de fracasos ajenos (los de Loaísa, los de Saavedra, los de Villalobos) y, simplemente, no fallar. No le tembló el pulso ante la línea de Tordesillas, ni ante el sultanato local, ni ante ninguna de las dudas que habían paralizado a quienes vinieron antes. Y sin embargo, ni siquiera Legazpi cerró el círculo solo: hizo falta que Urdaneta resolviera, casi en paralelo, el problema técnico que llevaba cuarenta años frenando a todos los demás, el tornaviaje, la ruta de regreso a través del Pacífico que nadie sabía trazar porque los vientos y las corrientes obligaban a subir mucho más al norte de lo que la intuición aconsejaba. Sin esa pieza suelta resuelta, Manila habría sido un asentamiento más, condenado como tantos otros a quedar aislado del otro lado del mundo. Hizo falta la ambición de quien planta bandera y la paciencia de quien resuelve la fontanería invisible, y ninguna de las dos sobra.

Algo parecido nos ocurre hoy con la alineación, ese problema técnico bastante menos vistoso que las promesas de superinteligencia, y que sin embargo es la pieza que decide si todo lo demás sirve para algo o se queda en un puerto sin salida. Se puede plantar la bandera de la AGI todas las veces que se quiera, pero sin resolver cómo hacer que un sistema cada vez más capaz siga haciendo lo que de verdad le pedimos (y no otra cosa parecida pero distinta, o directamente distinta), el círculo no se cierra. Es, me parece, el tornaviaje de esta carrera: el trabajo menos glamuroso, el que rara vez ocupa titulares, y sin el cual ningún «Manila» definitivo llega a ser habitable.

Así que la pregunta que me hago no es qué laboratorio «gana» la carrera hacia la AGI (esa es la pregunta que hacen los titulares, y también la que hacen los propios protagonistas cuando hablan entre ellos). Me pregunto, más bien, quién habrá hecho, dentro de veinte años, el trabajo silencioso de convertir esta tecnología en algo que funciona de forma fiable, segura y útil a escala planetaria, sin que su nombre aparezca jamás en la portada de nada. Y sospecho que ese «Legazpi» de la IA ni siquiera será, como en el siglo XVI, una persona identificable. Quizás sea una institución. Quizás sea un estándar técnico tan bien pensado que nadie recuerde quién lo escribió. Quizás sea, incluso, un marco regulatorio que hoy nadie celebra porque suena aburrido, tal como a nadie hoy le suena épica la Casa de Contratación de Indias, y sin embargo sin ella media hazaña ibérica no habría cuajado nunca.

Hay algo en esto que, cuanto más lo pienso, más me reconcilia con mi propio trabajo en emprendimiento consciente. La cultura que rodea hoy a la IA está construida, casi por completo, sobre el mito del fundador visionario: el genio solitario que ve el futuro antes que nadie y que merece, por tanto, todo el mérito cuando llega. Legazpi (y Urdaneta, a su lado, sin que casi nadie recuerde hoy su nombre) es la prueba viva de que ese mito no es la única forma de cerrar algo grande. A veces, lo que hace falta no es ver más lejos que los demás, sino sostener con humildad lo que otros empezaron, sin necesitar que la sostenibilidad de ese esfuerzo lleve tu nombre escrito encima.

Lo que aún no sabemos nombrar: algunas preguntas abiertas

Ya he especulado con el nuevo 1571 y con el nuevo Legazpi, y en ambos casos he terminado dejando la respuesta a medias, casi a propósito. Pero hay una tercera capa de esta reflexión que no quiero cerrar con una tesis firme, sino abrir con preguntas, y con la exploración tímida (deliberadamente tímida) de una posible respuesta para cada una.

¿Cuál es el gran continente que se descubre inesperadamente por el camino?

Ya apunté en el primer bloque que el candidato más evidente es la conversación misma, ese hábito nuevo de pensar en voz alta junto a algo que no es humano. Pero hay otros candidatos adicionales y ninguno de ellos me convence del todo como para descartar al otro.

El primero es casi espiritual, y me cuesta reconocerlo sin sonrojo: si una IA asume una parte sustancial del trabajo del mundo, lo que podría emerger no es solo desempleo, sino un continente entero de tiempo ocioso, y con él, sus frutos (deportivos, científicos, espirituales) que hoy apenas somos capaces de imaginar porque llevamos generaciones organizando la vida entera alrededor del trabajo asalariado. No hay ninguna Casa de Contratación de Indias que lleve el registro de qué hacer con ese tiempo si de verdad llega a sobrar. Y como todo continente encontrado por accidente, probablemente tiene su propia Sierra de la Plata, su propia promesa que no resulte donde se busca: no sería la primera vez que el tiempo libre prometido a todos termina siendo, en la práctica, un privilegio de unos pocos, sostenido sobre el trabajo invisible de otros.

El segundo candidato mira hacia fuera en lugar de hacia dentro: la exploración del sistema solar, que empezó como la ambición declarada a través de la ciencia ficción de toda una generación con Marte, y que hoy avanza casi de rebote con los primeros datacenters pensados para operar en órbita. Aquí la analogía cojea un poco, porque Musk lo anuncia desde hace veinte años, como quien anuncia una cruzada, pero los datacenters orbitales sí que nacen de una necesidad mucho más terrenal y menos romántica: el límite físico de cuánto calor y cuánta energía se pueden concentrar en un solo punto del planeta. Ahí hay, otra vez, el eco de la plata: una solución que aparece no porque alguien soñara con ella, sino porque un problema muy aburrido (dónde meter tanto chip sin que se derrita) empujó a buscar espacio en otro sitio.

No sé cuál de los dos continentes es el bueno, y sospecho que la respuesta honesta es que ninguno lo es todavía, y que el verdadero continente ni siquiera está en la ingenuidad de esta lista mía.

¿Quiénes son los «desintermediados» de esta carrera?

Aquí la pregunta pesa de una manera distinta, porque en el siglo XVI la desintermediación tuvo nombres y cuerpos muy concretos: los mercaderes árabe-venecianos que perdieron su monopolio, sí, pero también los pueblos sometidos por la fuerza y los esclavos africanos cuyo trabajo sostenía, en silencio, todo el andamiaje atlántico.

Hoy la lista es menos visible, pero no menos real. Está la mano de obra, muchas veces en Kenia, Filipinas o Venezuela, que etiqueta contenido durante horas por sueldos que no guardan ninguna proporción con el valor que ese trabajo genera después, río abajo. Están los puestos de trabajos desplazados no por una conquista militar, sino por una hoja de cálculo de reducción de costes. Y está, de forma todavía más difusa, el propio conocimiento humano acumulado durante siglos (libros, código, arte) absorbido como materia prima de entrenamiento sin que nadie negociara jamás los términos de esa cesión, como si hubiera un Tratado de Tordesillas digital que se firmó sin invitar a una de las partes a la mesa. No tengo la respuesta de qué hacer con esto, y no creo que nadie la tenga todavía del todo. Pero sí tengo claro que cualquier relato que celebre esta carrera sin nombrar a quienes pagan su coste invisible se queda, como la mayoría de las crónicas triunfalistas del siglo XVI, con solo la mitad de la historia.

¿Cuál será el producto que hoy es exquisito y caro, y que al final de la carrera será barato, cotidiano y casi invisible?

Esta es la pregunta que más me gusta, porque tiene algo de esperanzador que las anteriores no tienen del todo. El clavo y la nuez moscada, que en el siglo XVI se pesaban casi como el oro, hoy están en cualquier estantería de supermercado a precio de calderilla, en un pasillo que casi nadie se para a mirar. La historia de las especias es, en el fondo, la historia de cómo un lujo extremo termina siendo un básico invisible.

¿Qué es hoy, en el terreno de la IA, ese lujo extremo que dentro de una generación nos parecerá tan cotidiano que ni nos pararemos a agradecerlo? Mi primera intuición es que ya lo tenemos delante de las narices: el propio acceso a una inteligencia capaz de razonar contigo sobre cualquier tema, disponible a cualquier hora, hoy todavía caro en dinero, en energía y en el aprendizaje necesario para usarlo bien, y que dentro de veinte años probablemente será tan invisible como hoy lo es tener agua corriente o electricidad en casa. Pero también podría ser algo más concreto y menos filosófico: el diagnóstico médico de calidad, hoy reservado a quien puede pagar al mejor especialista, o la educación personalizada, hoy un lujo de familias con recursos. Si la historia de las especias sirve de guía, lo más probable es que ni siquiera acertemos cuál de estos candidatos será el bueno hasta que ya lo tengamos tan integrado en la vida diaria que se nos haya vuelto, otra vez, invisible.

La humildad que nos llega de nuestra propia historia

Termino donde probablemente debería haber empezado: reconociendo que no sé la respuesta a ninguna de las preguntas anteriores, y que sospecho que nadie la sabe todavía, por mucha convicción con la que se anuncie desde cualquier escenario.

Si algo me deja Spice y la historia como poso final, no es una lección sobre estrategia ni sobre visión de futuro. Es una lección de humildad, aprendida a la fuerza por quienes protagonizaron aquella carrera sin saber, la mayoría de las veces, qué estaban encontrando de verdad. Colón murió convencido de haber llegado a Asia, y Magallanes lo hizo a sus puertas. Los inversores de los primeros tornaviajes, Loaísa y Saavedra, financiaron expediciones que resultaron un desastre casi total. Nadie en Sevilla ni Lisboa en 1492 podía prever que el verdadero legado de aquel siglo no sería el clavo ni la nuez moscada, sino un continente entero y una ruta de plata que inauguró la globalización, uniendo el planeta de una forma que ningún «gran plan» había contemplado.

Y sin embargo, hoy seguimos escuchando a nuestros propios Colones y Magallanes anunciar, con la misma seguridad con la que se anunciaba la ruta directa a las especias, que ya saben exactamente adónde nos lleva esto, que la AGI llegará en tal año, que el mundo será de tal manera cuando llegue. Puede que acierten. Pero la historia, la de verdad, la que se escribe la perspectiva de la distancia y no con un titular la semana que viene, nos enseña algo distinto: que lo imprevisto, lo encontrado sin haberlo buscado, lo reconocido y aprovechado casi por casualidad, termina resultando tan interesante (o más) que el gran plan que se cacarea una y otra vez desde el escenario.

Quizás la actitud más sensata, entonces, no sea intentar adivinar cuál de las preguntas que he dejado abiertas es la correcta. Quizás sea, simplemente, mantenerse en movimiento con la humildad suficiente para reconocer el continente el día que aparezca, aunque no se parezca en nada a lo que íbamos buscando, y con la responsabilidad suficiente para cuidar del desintermediado antes de que su coste se vuelva, otra vez, invisible. Lo primero es la gran oportunidad de esta carrera, el placer de toparse con lo que no sabíamos que buscábamos. Lo segundo es su gran responsabilidad, la que puede evitar que el progreso de unos vuelva a construirse, como en el siglo XVI, sobre el sufrimiento silenciado de otros. Eso, más que cualquier mapa, es lo que de verdad separó a quienes cerraron el círculo de quienes solo lo empezaron, y es también, me parece, la medida más honesta de si hemos aprendido algo de verdad de esta historia.

Etiquetas: cambio, crisis, oportunidad, tecnología

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