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Blog de Carlos Goga

IA mal usada: cuando la velocidad sustituye al criterio

11/01/2026 | | cambio, nuevas tecnologías | No hay comentarios

Empiezo a sentir una incomodidad creciente, cada vez mayor, con la manera en que se está usando la inteligencia artificial en muchos entornos profesionales.

No hablo de la IA como herramienta. Hablo del uso inconsciente, perezoso o directamente irresponsable que se está normalizando. Y de las consecuencias silenciosas que eso tiene para el trabajo, las relaciones y la salud de los demás, los que sostenemos sistemas humanos.

Profesionalismo low-cost

Hay quienes utilizan la IA para resolverlo todo ya. Respuestas inmediatas, documentos pulidos, presentaciones aparentemente correctas, hojas de cálculo finiquitadas. Pero debajo de esa primera capa brillante de superficialidad solo hay falta de criterio, ausencia de comprensión real del asunto tratado y un descuido normalizado.

El resultado es una especie de profesionalismo low-cost: funciona por fuera, falla por dentro; no construye conocimiento, lo simula; no resuelve problemas, los aplaza envueltos en buena sintaxis y aparente eficiencia.

Una vieja anécdota (que ya no es tan vieja)

Hace unos 25 años tuve un jefe que venía del mundo de la consultoría estratégica. Los primeros meses fueron absolutamente caóticos porque arrastraba inconscientemente una tradición muy arraigada en su oficio: para él, cuando la presentación de PowerPoint estaba hecha, el trabajo estaba acabado.

El problema era que ya no estábamos en una consultora. Estábamos en una empresa de carne y hueso. Allí la presentación no era el final de nada, sino el índice del trabajo real que comenzaba después. Meses de ejecución. A veces años. Personas, fricciones, decisiones imperfectas, consecuencias. Costó tiempo desaprender esa confusión entre representar el trabajo y hacer el trabajo.

La ideotez amplificada

Hoy veo algo parecido, pero acelerado y amplificado.

Personas que se creen todo lo que la IA les devuelve, especialmente cuando ese “feedback” es positivo. La IA refuerza la idea, la celebra, la ordena… y entonces la idea pasa de ser mala a ser peligrosamente convincente.

Una estupidez bien redactada no deja de ser una estupidez. Pero ahora viaja más rápido, ocupa más espacio y se defiende mejor. Es la ideotez amplificada: cuando la falta de criterio del humano se combina con una máquina que no duda, no frena y no discute el sentido.

Es una versión actualizada de aquel «espejito, espejito mágico, dime quien es la más guapa del reino» que muchos recordamos de nuestra niñez, pero ahora en versión adulto, en el siglo XXI y con la letra actualizada a un «pantallita, pantallita mágica… dime quien es el más listo y el más rápido de la empresa«.

Postureo cognitivo

Hay otro fenómeno aún más delicado: personas que, sin saber del tema, presentan el conocimiento generado por la IA como si fuera propio. No hay contraste. No hay formación ni experiencia. No hay responsabilidad intelectual.

Solo hay postureo vital y profesional, una impostación que a veces roza lo ridículo y otras veces lo peligroso, porque se ofrece como conocimiento y criterio propio lo que no es más que eco algorítmico.

Correos que no son trabajo

Y aquí siento que aparece una versión más contemporánea y más popular de aquella vieja anécdota.

Ahora hay personas a mi alrededor que escriben un correo con ayuda descarada de la IA y esperan que les respondas de inmediato. Y si no lo haces, te acosan con mensajes y llamadas, como si la vida profesional fuera simplemente el intercambio frenético de correos generados por máquinas, confundiendo la comunicación entre humanos con enviar un prompt a una API.

Como si escribir fuera trabajar. Como si responder fuera avanzar. Como si el proceso humano, ese pensar, compartir y contrastar, decidir, ejecutar, pudiera comprimirse en un segundo de IA y sustituirse por una cadena infinita de emails.

Velocidad sucia que rompe sincronías

Entre todos están añadiendo algo más: velocidad. Demasiada. Correos, documentos, contratos, decisiones, procesos… todo va más rápido, pero no necesariamente mejor. Es una falsa velocidad, de esas de «yo acabé y ahora te lo paso» que simplemente ensucia todo. Es una velocidad sucia que rompe relaciones y rompe sincronismos humanos, que genera falsas eficiencias y que empujar a que se toman decisiones antes de que exista comprensión compartida.

Y donde no hay sincronía ni comprensión compartida, aparece el conflicto.

El coste oculto

Lo peor no es solo lo que se hace mal. Eso de por sí ya es malo.

Lo peor es que todo lo anterior cae sobre las espaldas y el tiempo de quienes queremos trabajar bien e intentamos usar la IA con responsabilidad. Este fake-work, esta fake-intelligence, genera ruido, confusión, sobreproducción de información y materiales inútiles y deviene en decisiones mal planteadas, irrespetuosas, alejadas del buen hacer y el buen vivir. Y claro, alguien tiene que limpiar, ordenar, rehacer, frenar, explicar. Ese alguien solemos ser quienes sí pensamos, quienes sí contrastamos, quien sí entendemos los límites de la herramienta.

El micro-riesgo de la IA

Y todo lo anterior no es un problema de IA

No.

No es un problema de tecnología. Es un problema de personas que están perdiendo su consciencia, criterio y ética profesional en pro de una ideotez amplificada, un postureo cognitivo y/o una velocidad sucia.

La IA no sustituye al pensamiento. Lo exige.

No reemplaza la experiencia. La pone a prueba.

No elimina la responsabilidad. La multiplica.

Usar IA sin consciencia no te hace más productivo. Te hace más rápido… hacia el error y el conflicto.

Y quizá ha llegado el momento de decirlo en voz alta, aunque incomode.

Etiquetas: cambio, crisis, innovación, tecnología

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