¿Es España una evidencia de purple washing a nivel país?
14/05/2026 | carlosgoga | educación, experiencias | No hay comentarios
Hace unos días, algunos presenciamos, parte verguenza y parte carcajada, a Florentino Pérez de nuevo ante los micros. No busquen autocrítica tras la crisis del Real Madrid; lo que hubo fue un despliegue de victimismo y esa chulería de quien se siente dueño del tablero. El diario Público fue fino: «un señoro tan forrado de millones como de egolatría».
Pero el momento que nos interesa —el que hace saltar las costuras de nuestra supuesta modernidad— fue su ataque a una periodista del ABC. Soltó aquello de: “Miren dos artículos… uno de ellos de una mujer que no sé ni si sabe algo de fútbol”.
Es el machismo de manual, el de toda la vida. No importa la trayectoria ni el dato; importa el género para invalidar el criterio. Para Florentino, el fútbol sigue siendo ese santuario de testosterona donde las mujeres son, como mucho, invitadas bajo sospecha. Verlo ahí, exaltado y avinagrado, amenazando con darse de baja del periódico mientras menospreciaba a una profesional, no fue un exabrupto. Fue un síntoma. El síntoma de una élite que vive en una burbuja de impunidad donde el feminismo es algo que les pasa a los demás.
1. El «Lavado Púrpura»: ¿Fachada o realidad?
Para los que se pierden con los términos: el purple washing es el arte de ponerse el lazo morado para la foto mientras por debajo se mantiene el cortijo de siempre. Es marketing de género.
España se vende fuera como el paraíso de la igualdad: leyes pioneras (2004, 2007, 2022), paridad en listas, un Ministerio con presupuesto y el 8M como fiesta nacional de la conciencia. Pero si rascamos el barniz en los cuatro vértices del poder —política, deporte, empresa y Corona—, lo que queda es un feminismo que se detiene justo antes de entrar en los despachos de los de arriba.
2. La zona de exclusión: Del Real Madrid a la Zarzuela
Si analizamos los casos, el patrón es casi cómico si no fuera sangriento.
Florentino representa el poder económico que ni siquiera se molesta en lavar su imagen. El Madrid fue el último en tener equipo femenino y lo hizo casi por compromiso. Él no hace purple washing porque no le hace falta; su machismo es estructural y explícito. Lo grave es el «silencio país»: que el Estado no le pida ni una disculpa por menospreciar a una periodista demuestra que el feminismo oficial tiene un límite de entrada: el palco del Bernabéu.
Luego tenemos al PSOE con el caso Ábalos. El partido que abandera la causa toleró durante años a un alto cargo con dinámicas de poder que huelen a rancio clientelar con mujeres jóvenes. Cuando cayó, fue por las mascarillas, no por su ética de género. Aquí sí hay purple washing: se exige igualdad fuera, pero se protege el privilegio patriarcal dentro hasta que explotan los billetes.
Lo de Rubiales fue el ejemplo más puro. La Federación tenía campañas contra la violencia de género mientras su presidente besaba sin permiso y luego gritaba aquello de «no voy a dimitir» (un mantra que, por cierto, Florentino parece haber heredado). El Estado solo se movió cuando el escándalo internacional le manchaba la marca España.
Y finalmente, la Corona. El caso de Juan Carlos I y Corinna es el nivel máximo. Acoso, uso de servicios de inteligencia e impunidad garantizada por una inviolabilidad que parece escrita en piedra. Felipe VI moderniza el discurso, pero el Estado protege al emérito. Es el lavado estructural: el feminismo es para el ciudadano de a pie, no para el que lleva corona (o la llevó).
3. Diagnóstico: Feminismo para las mayorías, impunidad para las élites
¿Es España un país de purple washing? No del todo, porque los avances sociales son reales y la calle empuja. Pero sí somos un ejemplo de feminismo de doble rasero.
Hemos construido un relato potente para el exterior, pero mantenemos una «zona de excepción» para los hombres que habitan la cúspide. Esa zona está protegida por el miedo al poder económico (nadie toca a Florentino), la conveniencia partidista (el caso Ábalos) y la arquitectura legal (la Corona).
Es una neutralidad de alma amarga la que siento al escribir esto. Es ver cómo el sistema se felicita por sus leyes mientras, en directo y a nivel nacional, un tipo con poder puede humillar a una mujer por su género sin que pase absolutamente nada.
Moraleja (y no me refiero a la población vecina)
¿Cómo podemos decir que somos un referente cuando el antiguo Jefe del Estado es impune, el partido del gobierno mira hacia otro lado con sus cuadros y el presidente del club más rico se ríe de las mujeres en rueda de prensa?
España tiene feminismo para las mayorías e indulgencia para las élites. Mientras esa doble vara no se rompa, el lazo morado seguirá siendo, para muchos en el poder, simplemente un complemento de temporada que combina bien con el traje, pero que no les aprieta el cuello.
Florentino amenazó con irse del ABC, pero se quedó. Rubiales se atrincheró hasta que no hubo más remedio. Ábalos resiste en el fango. El Rey se fue a un exilio de lujo. Todos comparten el mismo manual: el victimismo del poderoso. El feminismo español sigue esperando que alguien pida perdón de verdad. Mientras tanto, nos queda la risa amarga de ver cómo el purple washing funciona a pleno rendimiento, recordándonos que, en este país, hay señores que todavía están por encima de cualquier ley, sea divina, humana o de igualdad.

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