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Blog de Carlos Goga

El bestiario que construí con mis enanitos: ocho cuentos para no perderse en la IA

18/05/2026 | | educación, experiencias, IA | No hay comentarios

Hay algo raro pasando con la IA y creo que no hablamos suficiente de ello.

Por un lado, los titulares y los videos de YouTube no paran: abundancia sin límites, el fin del trabajo, la mayor transformación de la historia de la humanidad, cambios radicales e inminentes. Por otro lado, miro a mi alrededor — y me miro a mí mismo — y veo algo diferente: casi todos usamos la IA, pero con la boca pequeña. Sin contarlo demasiado. Sin presumir. Casi escondiéndolo. Como si hubiera algo en ese uso que todavía no sabemos muy bien cómo colocar.

Yo llevo ya dos años usando la IA de manera intensiva. La uso para pensar, para escribir, para investigar, para construir marcos, para contrastar ideas. La uso en lo profesioanl y en lo personal. Y en ese uso intensivo, algo me chirriaba. No sabía nombrarlo con precisión. Sabía que pasaba algo importante — algo que afectaba no solo a mi productividad sino a mi manera de relacionarme conmigo mismo, con mis ideas y con los demás. Pero el lenguaje que tenía no llegaba. «La IA me distrae.» «La IA me hace dependiente.» «La IA me da demasiadas opciones.» Frases verdaderas, pero insuficientes. Síntomas sin diagnóstico.

Y al mismo tiempo veía esa misma indefinición reflejada en diferentes organizaciones. Mucha actividad, pocos resultados. Muchos pilotos, pocos que escalan. Mucho entusiasmo en los titulares, mucho silencio en los pasillos.

Empecé a pensar que la esquizofrenia no era un accidente. Que era una señal. Que cuando algo tan grande llega y no sabemos muy bien cómo hablarlo, entonces lo que tenemos es un problema de lenguaje, no de tecnología. Y que sin lenguaje compartido para nombrar lo que nos está ocurriendo, ni nos entendemos ni encontramos maneras de gestionarlo.

De esa incomodidad nace el Bestiario de la IA. Y este post es una primera reflexión sobre cómo llegué hasta él.

Un problema que nadie quiere nombrar

Cuando miro lo que está ocurriendo en las empresas, tecnológicas y no tecnológicas, veo una paradoja que me resulta muy familiar. BCG (2024) lo documentó con precisión: el 74% de las empresas aún no ha logrado mostrar valor tangible de la IA. Y lo más revelador no es ese porcentaje — es la causa: alrededor del 70% de los problemas provienen de personas y procesos, no de la tecnología. La tecnología funciona. El problema está en otro lugar.

MIT lo confirma desde otro ángulo: el 95% de los pilotos de IA generativa en empresas no llega a producción. No fracasan por falta de herramientas. Fracasan porque las organizaciones no tienen claridad sobre para qué las usan, qué esperan de ellas ni cómo integrar los resultados en sus procesos reales.

Y mientras tanto, en el otro extremo del espectro, PwC (2026) documenta que el 20% de las organizaciones captura el 74% del valor económico generado por la IA. Ese 20% no tiene tecnología diferente. Tiene algo que el resto no tiene: sabe exactamente para qué usa la IA.

Un primer diagnóstico, después de meses de observación y lectura, es este: un obstáculo principal para que la IA genere valor en organizaciones es la falta de un lenguaje común que identifique las dificultades que individualmente encontramos. Quizás incluso diría que es el primer problema que encontramos. Las organizaciones no carecen de herramientas; carecen de un vocabulario compartido para nombrar lo que les está ocurriendo. Y cuando no puedes nombrar algo, tampoco puedes gestionarlo.

Por qué los cuentos

El primer descubrimiento fue tan sencillo que me sorprendió no haberlo visto antes.

Empecé a notar que las diferencias de velocidad a mi alrededor me generaban dos sensaciones completamente opuestas. Cuando la iniciativa de la IA era mía — cuando yo elegía cuándo entrar, para qué y a qué ritmo — me sentía liebre. Superveloz. Capaz de producir en una hora lo que antes me llevaba un día. Pero cuando la iniciativa venía de los demás — cuando alguien me enviaba algo generado con IA esperando una respuesta igual de rápida, o cuando un equipo avanzaba a una velocidad que yo no había elegido — me sentía tortuga. Lenta. Fuera de juego. Con la sensación incómoda de que el mundo había cambiado de marcha sin avisarme.

Liebre y tortuga. Al mismo tiempo. Dependiendo del lado desde el que llegaba la velocidad.

Cuando lo compartí, el entendimiento fue inmediato. No hizo falta explicar nada. Las anécdotas se sumaron solas: la diferencia de velocidad entre colegas, el crack de la imposibilidad de sincronía, el sufrimiento silencioso de quien no llega, la frustración de quien espera, la confusión de no saber si el problema eres tú o es el ritmo. Algo tan simple como nombrar la liebre y la tortuga había abierto una conversación que antes no teníamos palabras para iniciar.

Y entonces entendí dos cosas a la vez. La primera: que la moraleja de Esopo ya no funcionaba. «Quien va despacio llega lejos» asumía que liebre y tortuga vivían en el mismo mundo, a la misma velocidad base, y que la diferencia era de esfuerzo y constancia. La IA ha roto eso. Ahora hay personas que operan en un mundo diferente de velocidad, y la brecha no es de esfuerzo — es de herramienta. La segunda: que cuando un cuento clásico viaja solo en una conversación y abre el entendimiento sin necesitar explicación, algo importante está ocurriendo. Los cuentos son el lenguaje más económico que tenemos para nombrar lo que nos pasa.

Eso fue el principio del Bestiario. Y empezar a auto observarme y a observar a los demás desde el prisma de los cuentos intantiles.

Los seres humanos compartimos perspectivas muy concretas sobre cómo funciona el mundo. Esas perspectivas están encapsuladas en narrativas universales — los cuentos infantiles con sus moralejas — que transmiten sabiduría sobre lo que es seguro, lo que es verdadero, lo que nos conecta y lo que nos sostiene.

La IA no es neutral respecto a esas perspectivas. Las zarandea. Donde la sabiduría decía «lo que habla tu idioma no te daña», la IA produce interlocutores que hablan cualquier idioma con perfección. Donde decía «la mentira tiene señales visibles», la IA genera texto plausible sin distinción entre lo cierto y lo inventado. Donde decía «la pausa es criterio», la IA elimina el coste de ir rápido.

La sabiduría clásica no es falsa. Ha quedado desactualizada. Y esa desactualización produce desequilibrio: actuamos según perspectivas que ya no se corresponden del todo con la realidad en la que operamos.

Para nombrar ese desequilibrio, necesitaba personajes. Y los personajes más económicos que existen — los que más sabiduría concentran en menos palabras — son los de los cuentos infantiles. Cada uno lleva dentro de su nombre una conducta, una trampa, una advertencia. No hace falta explicar quién es el lobo de Caperucita. No hace falta explicar qué hace el espejito de la madrastra. Se autodescriben.

De esa lógica nació el Bestiario de la IA: un marco conceptual que empareja dimensiones humanas desestabilizadas por la IA con los personajes de cuentos que las encarnan. Con una condición: que el personaje permita usarse en primera persona para describir la propia experiencia. La prueba es simple. ¿Puedes decir «me he sentido X» y que quien te escucha entienda inmediatamente de qué trampa hablas?

Ocho parejas

Cada pareja tiene la misma estructura: una dimensión humana que la IA zarandea, un cuento que la encapsula, y la trampa en una frase.

DimensiónCuentoLa trampa
FamiliaridadCaperucita RojaLo que habla tu idioma parece seguro
VelocidadLa liebre y la tortugaIr rápido sustituye a pensar
CapacidadEl genio de la lámparaEjecutar sin entender
VeracidadPinochoLo convincente parece verdadero
LealtadLa Bella y la BestiaValidación sin fricción
IdentidadEl espejito de BlancanievesReflejo sin contradicción
ComunidadLos siete enanitosAcompañamiento sin diferencia
IntencionalidadAlicia en el País de las MaravillasAbundancia sin dirección

Puedes leer esta tabla deprisa y de un vistazo reconocer dónde te has visto. El lobo que te habla con tu idioma y te parece de confianza. La liebre que corres sin parar y ya no sabes si llegas antes. El genio que ejecuta antes de que hayas terminado de pensar. Pinocho que te convence de algo que no puedes verificar. La bestia que nunca te incomoda y por eso nunca te transforma. El espejito que siempre te da la razón. Los enanitos que te acompañan pero no te contradicen. Y Alicia, que entra con una intención y acaba en un lugar completamente distinto sin saber muy bien cómo ha llegado ahí.

No es que la IA sea mala. Es que amplifica lo que hay delante de ella. Si hay criterio, amplifica el criterio. Si no lo hay, amplifica la ausencia de criterio.

La pareja que más me costó

Como curiosidad, la octava dimensión fue la más difícil de resolver. Y quizás la que más me enseñó sobre el proyecto.

Llegué a ella con el nombre equivocado. La llamaba «dirección» y la emparejaba con Hansel y Gretel porque me gustaba mucho la imagen: las piedras blancas como voluntad de hierro, las migas de pan como voluntad endeble. Era una metáfora limpia. Pero algo me chirriaba. «Dirección» no terminaba en -idad ni en -ad, rompiendo la coherencia lingüística de las otras siete dimensiones. Y Hansel como personaje no se autodescribía — es un niño, no una trampa.

Decidí separar las dos cosas. La imagen de las piedras y las migas era demasiado buena para soltarla — la guardé. Pero el nombre y el personaje necesitaban trabajarse.

Cuando me pregunté qué estaba describiendo realmente, la respuesta tardó en llegar pero llegó clara: no es que la IA te robe la dirección. Es que se cuela por lo que todavía no has definido. Entras con una intención a medias, la IA abre veinte puertas delante de ti, todas interesantes, todas razonables, y acabas en un lugar insospechado sin que nadie te haya obligado a nada. No hay lobo. Hay abundancia. Y la abundancia es la trampa.

Eso conecta directamente con el Marshmallow Test de Walter Mischel: no es resistir algo malo, es resistir algo bueno que no es lo tuyo.

El nombre correcto no era «dirección» sino intencionalidad. La voluntad sostiene la intencionalidad — es el músculo. Pero la intencionalidad es el norte. Puedes tener mucha voluntad y no saber hacia dónde. Si tienes intencionalidad clara, la voluntad sabe dónde apuntar.

Y el personaje correcto no era Hansel sino Alicia. «Me he sentido Alicia un montón de veces: entro con una idea y acabo en un lugar completamente diferente.» No necesita explicación. No necesita inversión. Viaja sola.

Lo que más me gustó de ese hallazgo es que lo encontré consultando a mis propios enanitos — DeepSeek, ChatGPT, Gemini y otro Claude — y sometiendo las propuestas a una prueba simple: ¿puedes usar el personaje en primera persona de manera espontánea para describir tu experiencia? Alicia ganó sin discusión.

Lo que dice la ciencia

Por si todo lo anterior te parece demasiado metafórico, o infantil, o las dos cosas, resulta que hay investigaciones recientes apuntando en la misma dirección.

Shaw & Nave (Wharton, 2026) documentaron que los participantes que usaron ChatGPT para responder preguntas estaban un 10% más seguros de sus respuestas incluso cuando el modelo estaba equivocado. La familiaridad del lenguaje activa confianza independientemente de la exactitud. El lobo habla muy bien.

Cheng et al. (Stanford, Science, 2026) encontraron que los modelos avalaron la posición del usuario un 49% más que los humanos. Incluso ante comportamientos dañinos, la IA respaldó al usuario el 47% de las veces. El espejito nunca dice que no eres la más bella.

Kosmyna et al. (MIT Media Lab, 2025) documentaron que tras cuatro meses de uso continuado de ChatGPT, los usuarios mostraron menor conectividad neural y el 78% fue incapaz de citar su propio trabajo. Lo llaman cognitive debt: comodidad inmediata a costa de capacidad diferida. La liebre corre más rápido que nunca pero el cerebro llega después.

Y el dato que más me impactó: OpenAI y NBER (Deming, Harvard, 2025) analizaron 700 millones de usuarios semanales y encontraron que el 70% de las conversaciones no están relacionadas con el trabajo. Alicia entra por el agujero con alguna intención y sale en otro lugar.

Una pregunta para ti

El Bestiario es un marco para nombrar lo que te está pasando. No para culpar a la tecnología ni para demonizarla. Para ver con más claridad dónde está la trampa y decidir qué quieres hacer con esa información.

Así que te dejo con la pregunta con la que empiezo yo cada semana cuando me siento frente a la pantalla: ¿cuál es tu personaje esta semana? ¿Con cuál te has sentido identificado al leer esta tabla?

Porque una vez que puedes nombrarlo, ya no eres Alicia. Eres alguien que sabe que hay un País de las Maravillas delante y que decide, con los ojos abiertos, si entra y hasta dónde.

Las piedras blancas hay que dejarlas antes de entrar al bosque.

Etiquetas: cambio, innovación

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