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Blog de Carlos Goga

La España de hoy: indignada, resentida, resignada… ¿poderosa?

18/12/2013 | | cambio | 1 Comentario

Leídas así, todas de carrerilla, las cifras que acumulamos sobre la situación de España y de los españoles son escandalosas:

¡Vaya! Esta es la España con la que nos toca lidiar en 2014. Y todo esto sin hablar de los recortes en sanidad, educación y prestaciones sociales. Y sin añadir las otras cifras, las de la deuda pública, la deuda privada y el famoso y malogrado déficit público. O las otras otras, las de cargos públicos, enchufados, imputados políticos, corruptos e indultos. O las de más allá, las que hacen referencia al aumento del número de extremadamente ricos y a la evasión fiscal en mayúscula que protagonizan.

Leídas así, todas de carrerilla y contextualizada con el guiño de Españistán, lo mejor que podemos hacer es recordar las palabras de San Gandalf (lo de San es cosa mía; lo de Gandalf corresponde al personaje de El Señor de los Anillos): “No podemos elegir los tiempos en los que nos toca vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado”.

¿Decidir? ¿Decidir qué hacer? ¿Decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado?

Antes de sugerir una respuesta a esta pregunta, recupero conceptos que resultan útiles y que me llegan del último libro que he leído. El libro es Ontología del Lenguaje, lo escribe Rafael Echevarría y me llega como regalo de mi buen amigo Eduardo. Los conceptos aparecen en el capítulo 9 bajo el título Cuatro Estados Emocionales Básicos.

Ante una situación como la actual, como individuos, lo primero que hacemos (consciente o inconscientemente) es posicionarnos ante la situación desde un juicio de posibilidad. Podemos ver lo anterior y convenir que ‘Nada podemos cambiar’; o podemos ver lo anterior y convenir que ‘Algo podemos cambiar’. La forma en que efectuemos este juicio (de posibilidad) afectará significativamente en nuestra vida.

¿Qué hacer cuando juzgamos que ‘Nada podemos cambiar’?

A partir de aquí, si nos empecinamos ‘en luchar contra lo que no podemos cambiar’, entraremos en un estado de ánimo de resentimiento fácil, de ira escondida que puede explotar en cualquier momento, que alimenta un sentir de venganza y que puedo devenir en enfermedad real.  Anclarnos en este sentir es tremendamente corrosivo para la convivencia social y nefasto para el día a día individual: no hay alegría ni felicidad verdadera. Pero lo peor es que este resentimiento obstruye y limita nuestras posibilidades de acción. Copio literalmente: “En la medida en que estamos absorbidos por una conversación que se niega a aceptar la pérdida que hemos sufrido y alimenta nuestro juicio de injusticia y nuestra acusación de culpabilidad, el pasado reina sobre el presente y estrecha el espacio del futuro“.

Una alternativa al resentimiento, diametralmente opuesta, es aceptar la situación y permitir el sentir de paz. Porque “estamos en paz cuando aceptamos la pérdida que no está en nuestras manos cambiar“. Esto no significa ni mucho menos pasar página y dar carpetazo a la situación; lo suyo es reconocer los errores del pasado, identificar las situaciones que los crearon y eventualmente proponernos corregirlos en el futuro. De nuevo, literalmente, “lo que la aceptación fundamentalmente ‘acepta’ es el hecho de que no podemos cambiar lo ya ocurrido y, en cuanto tal, lo declara ‘cerrado’. La aceptación nos permite abocarnos a la tarea de cambiar lo cambiable, sin ser consumidos por el lamentar inútil frente a lo que nada podemos hacer. La aceptación nos coloca en la senda de la transformación del futuro”.

Las alternativas a nuestro alcance para pasar del resentimiento a la aceptación nacen de nuestra capacidad mental de dar por cerrado el pasado. Lo principal es trascender ese ‘rumiar permanente de rabia e indignación’ que caracteriza el sentir de resentimiento. Y el camino a seguir es hacer público ese rumiar, convertir lo que inicialmente era una conversación privada e íntima en una conversación pública y abierta.

  • Una manera de hacerlo es a través de la recriminación o la queja, ese hablar que culpa al otro por lo sucedido y lo avasalla de juicios.  Hacer esto nos puede servir de desahogo y puede ayudar a liberarnos de nuestra rabia. Pero conviene reconocer que lo que obtenemos como respuesta, por parte del otro es, a menudo un rechazo frontal, lo que acaba convirtiéndose en que la relación entre unos y otros, los que se sientes víctimas y sus culpables, se deteriora y puede acabar rompiéndose.
  • Otra manera de enfocar esta conversación es la reclamación. Ya que no hay manera de cambiar el pasado, lo que sí que podemos hacer es pedir una compensación por los daños ocasionados, una reparación por lo sucedido que elimine la causa del resentimiento. Si conseguimos lo reclamado, entonces adiós resentimiento; si no lo conseguimos, las siguientes alternativas nos darán pistas de actuación.
  • En cualquier caso, siempre tenemos a nuestro alcance perdonar, realizar una declaración de perdón. Cuando la reparación no compensa el daño recibido o cuando simplemente el daño es irreparable, el camino es perdonar, aceptar plenamente a los culpables con sus limitaciones, sus cegueras e incompetencias. Y eso lo haremos porque el principal beneficiado del perdón es quien perdona, no el perdonado. El perdón nos libera del resentimiento a quienes perdonamos, pero no libera de responsabilidad a quienes protagonizaron la injusticia.
  • Por último, si la magnitud del daño recibido es tal que ni reclamación ni perdón ni pollas en vinagre, entonces la forma de superar el resentimiento y cerrar nuestra conversación será la declaración de término de la relación: romper. A veces, este es el único camino a nuestro alcance para restablecer nuestra paz y nuestra dignidad como seres humanos.

¿Qué hacer cuando juzgamos que ‘Algo o todo se podría cambiar’?

El futuro puede ser y será diferente del presente. Y esta diferencia llegará tanto como resultado de las acciones de los otros como resultado de nuestras propias acciones.

Pero hay veces que nos sentimos impotentes y no creemos que en primera persona podamos influir en el futuro. “Por una parte, reconocemos que las cosas podrían ser diferentes. Pero, por otra, estamos poseídos del juicio de que las cosas no van a cambiar, hagamos lo que hagamos. Esto, a menudo, conduce a admitir que teóricamente las cosas podrían cambiar. Al mismo tiempo, no nos queda claro cómo ejecutar el cambio”. Vamos, que como no sabemos qué hacer, concluimos no haciendo nada. Cuando esto ocurre, podemos afirmar con contundencia que hemos caído en la resignación.

La alternativa a la resignación, también diametralmente opuesta, es la ambición. Y por ambición debemos entender “identificar amplios espacios de intervención que conllevan el germen del cambio”. Cuando nos investimos en la ambición, entendemos que el presente construye futuro y que, al actuar en el presente, trascendemos lo que hoy existe y diseñamos el futuro.

Llegado a este punto, si intuimos que bajo nuestro ‘realismo’ se esconde la resignación, podemos actuar para pasar de ese estado de resignación a un estado de ambición. Podríamos descubrir, por ejemplo, que los obstáculos que suponíamos, que nos impiden actuar, no existen o que bien podrían ser superados. Podríamos descubrir, alternativamente, que no podemos actuar porque no sabemos actuar y nos declaramos incompetentes. Sea una u otra la situación, nuestro comportamiento necesario está recogida en las afirmaciones anteriores: identificar y descubrir como ejemplos de iniciar el aprendizaje, un aprendizaje que amplíe nuestro campo de posibilidades. Optando por aprender, “transformamos nuestros juicios sobre lo que no es posible en juicios sobre lo que es posible“.

El aprendizaje necesario: nuestra condición de seres poderosos

Nada es más inútil, ni nada produce tan innecesario sufrimiento, que desgarrarnos por un pasado que no podemos cambiar. La manera más útil de oponernos a las formas de poder que rechazamos es precisamente jugando al poder. Necesitamos aprender a aceptar el pasado para abrirnos a la posibilidad de ejercitar nuestro poder, entendido como nuestra participación en construir el futuro. Tenemos que elegir el camino de la ambición, el camino del poder. Tenemos que aprender a aumentar nuestro poder para poder hacer más. Y tenemos que aprender a utilizar nuestro poder para que construya en la dirección que ambicionamos.

Es muy importante ganar comodidad con el concepto de poder. El poder lo ostentamos porque los otros nos lo reconocen. El poder no es ajeno al otro. El poder no es un ente abstracto que conquistar o cazar. El poder lo tengo yo si los demás me lo reconocen así. El poder se percibe alto y claro, sobre todo, cuando se manifiesta como posibilidad de acción a la que le sigue indiscutiblemente la acción.

Oponerse al poder, como tal, nos conduce al camino de la impotencia. “Impotente es quien no tiene poder. Es alguien que padece la vida sin lograr o querer intervenir en ella. Y al no intervenir hace de los demás los amos de su propia existencia”. El resignado vive en la impotencia desde la cual nada es posible; ninguna acción hace sentido.

El ambicioso, sin embargo, vive en su certeza de poder; cualquier cosa que haga tiene un sentido. No vive en el resentimiento ni en la resignación, sino que apuesta por capacidad personal para participar en el cambio y en el futuro construido. Y sabe que el camino del poder es un camino repleto de creatividad y riesgo, una vida de apuesta.

¿Decidir? ¿Decidir qué hacer? ¿Decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado?

Como españoles que vamos a estrenar un nuevo año, un 2014 diferente, tenemos que decidir que abandonamos la indignación, el resentimiento y la resignación, y entramos de pleno en la ambición. Tenemos que declararnos ambiciosos y dispuestos a identificar bien donde están nuestras fuentes de poder y, cuando lo hallemos, decidir utilizarlas adecuadamente.

¿Qué como se empieza con esto? No es difícil. Más bien, resulta fácil; sólo hay que atravesar un pequeño momento de indecisión. En cada situación, evalúa el sentido de tu acción y busca algún “yo podría” que nace de tu intuición pero al que no prestas atención.  Y entonces, cambia el sentido de tu acción y convierte ese “yo podría” en un “puedo y lo hago”.

Yo podría manifestarme, y me manifiesto. Yo podría protestar, y protesto. Yo podría denunciar, y denuncio. Yo podría resistirme, y me resisto. Yo podría compartir una buena noticia, y la comparto. Yo podría votar distinto, y voto distinto. Yo podría ayudar, y ayudo. Yo podría dar una moneda, y la doy. Yo podría ofrecer un bocadillo, y ofrezco un bocadillo. Yo podría comprar nacional, y compro nacional. Yo podría comprar local, y compro local. Yo podría cambiar a una banca ética, y cambio a una banca ética. Yo podría hacer BlaBlaCar, y hago BlaBlaCar. Yo podría ofrecer una habitación vacía en casa, y la ofrezco. Yo podría invitar al vecino que no tiene, y le invito. Yo podría regalar lo que no necesito, y lo regalo. Yo podría prestar, y presto. Yo podría participar en un proyecto de crowdfunding, y participo en un proyecto de crowdfunding. Yo podría pasar más tiempo con mi familia, y paso más tiempo con mi familia. Yo podría dedicar más tiempo a mi pareja, y se lo dedico. Yo podría abrazar, y abrazo.  Yo podría pedir, y pido. Yo podría perdonar, y perdono. De nuevo, yo podría ayudar y ayudo.

Este y no otro será el mejor aprendizaje al que nos podemos entregar. Este y no otro es mi mejor deseo para ti durante el próximo año ¡Que abandones el resentimiento y la resignación y apuestes por ser ambicioso! ¡Que con ambición, identifiques tus fuentes de poder y que las utilicen para construir una sociedad mejor!

 

Etiquetas: cambio, crisis, indignado, oportunidad, poder

Un comentario

Hector  on diciembre 18th, 2013

Tio q b q parles. Me has llegado

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